Memorias de un telegrafista I: CAPITULO V

El telégrafo: Una escuela de vida

Clemente, mi padre, en febrero de 1926 solo tenía 17 años apenas cumplidos, había nacido en 1909 en el mismo año y mes que empezó la intervención americana en Nicaragua. A pesar de su corta edad era todo un hombre hecho y derecho.  Al menos él así lo sentía. Conocía a la perfección el oficio del telégrafo. A pesar de trabajar en un gobierno conservador, sustentaba las ideas liberales en boga que provenientes de Francia con la ilustración, se habían propagado bajo el gobierno liberal de Zelaya. Ideas que preconizaban la libertad de conciencia y un ordenamiento jurídico republicano y laico, que eran todo lo contrario del régimen conservador centralista, autoritario y pro eclesiástico. Toda su niñez y adolescencia había vivido, visto y oído la situación de violencia e inestabilidad de Nicaragua que se manifestaba en continuos conflictos armados que protagonizaba uno y otro bando de un lado por la conquista del poder siempre en medio de la intervención de los Estados Unidos.

Mi padre era lo que se decía un libre pensador y un autodidacta, le interesaba la teosofía, leía a Krisnamurti, Helena Blavatsky y otros autores liberales de esa época. Había tenido influencia de profesores chilenos que impartieron clases en el Ocotal y que habían venido a Nicaragua desde tiempos de Zelaya. Pero, sobre todo, estaba al corriente de las ideas más avanzadas del movido ambiente intelectual progresista de su época, ya que por sus manos y ojos pasaban los ejemplares de los periódicos y revistas más importantes del país. Desde finales del Siglo XIX en Nicaragua existía un fuerte movimiento intelectual de corte liberal que se contraponía al pensamiento conservador y oligarca, representado por el Chamorrismo de Diego Manuel, Emiliano Chamorro y de Adolfo Díaz, herederos políticos del más rancio y anacrónico sistema colonial, con su servilismo y entreguismo abyecto a los intereses norteamericanos.

En los años 20´s ya se publicaban en Nicaragua, muchos periódicos y revistas liberales, que difundían nuevas ideas nacionalistas republicanas, obreristas y algunas abiertamente socialistas. Periódicos como el Eco Obrero, El Socialista, Acción Obrera. Incluso circulaba el Grito de la Raza, que hacía campaña abierta a favor de la lucha del General Sandino, quien ya era famoso internacionalmente por su lucha contra los americanos. Era famoso también el diario El Moderno, La Flecha y el periódico leonés El Centroamericano.

La mayoría de estas publicaciones se realizaban gracias al sacrificio abnegado de sus editores que no escatimaban ni tiempo ni recursos personales para hacer posible conseguir algunos lectores, con quienes compartir sus ideas. Muchos ejemplares tenían que ser regalados ya que no existía un mercado amplio de lectores dispuestos a pagar por las revistas y periódicos que escasamente circulaban. Muchas ediciones de estos periódicos y revistas eran financiadas por sus propios editores, que, en su entusiasmo por el periodismo, no vacilaban en poner sus escasos recursos económicos al servicio de sus ideas políticas y sociales.

Las condiciones sociales de la década de los veintes en Nicaragua y en toda Centroamérica eran muy deplorables. Saber leer y escribir era un enorme privilegio, ya que la mayoría de la población era analfabeta. La pobreza era extrema para la mayoría de la población, sobre todo para la población campesina, que apenas sobrevivía. Por otra parte, la población en esos años había sufrido una de las peores sequías de su historia, al grado que en Somoto había hambruna.  Mi abuelo materno del que hablare más adelante en este relato, hizo parte del comité de ayuda por la hambruna de ese tiempo, incluso como un pionero de la fotografía que era, dejó un testimonio gráfico con fotografías de personas hambrientas. Participó en un concurso de fotografía promovido por la Kodak con una fotografía sobre la hambruna de Somoto.

En 1919, Cipriano Ordóñez Morales, en Somoto, pasó despidiéndose de su hermana Pancha y de su cuñado y compadre Francisco, ya que regresaría al Ocotal de donde había venido para visitar a su familia después de varios años de no verla. Cipriano, de una familia liberal de pura cepa, se había hecho conservador por su matrimonio con Victoria Toledo de familia reconocidamente conservadora, trabajaba en El Ocotal donde ostentaba una buena posición en la oficina de telégrafos y correos. El viaje de Cipriano de regreso al Ocotal era una oportunidad de oro para la familia Tercero Ordoñez que no podían dejar pasar. Mi abuelo, sabía que Clementito era un niño muy inteligente y aplicado, y seguramente bajo la tutela del Tío Cipriano saldría adelante en la vida. Los demás eran aún muy pequeños y había que alimentarlos y mantenerlos a todos.

La prolongada sequía también había afectado a mi abuelo Francisco y a toda su familia, al grado de atentar contra la sobrevivencia más elemental, alimentar, vestir y educar a tantos niños nunca fue tarea fácil para un agricultor de la zona seca de Nicaragua,  menos cuando se trataba de una crisis económica tan profunda como la que había ocasionado la sequía, a la que se sumaba la situación de inseguridad en el campo que se había generado con las continuas guerras entre los liberales y conservadores. Nunca la frontera con Honduras había sido una zona de paz, pero en esos años la cosa estaba peor. Por esos montes y caminos asolaban bandas de asaltantes que eran llamados por la población como los bandoleros, porque formaban bandas de salteadores que robaban, mataban y huían. Esas eran las condiciones en los primeros años del siglo XX y el futuro era muy incierto.

-Cipriano, porque no te llevás a Clemente al Ocotal, allá lo podés meter a trabajar con vos en el telégrafo como mensajero y enseñarle a ser telegrafista. Allá tendría más oportunidades en la vida. Aquí en Somoto la situación está muy dura. La sequía ha sido bárbara y yo tengo algunas dificultades para mantener a todos mis hijos.

-A él le gusta estar jugando que es telegrafista, vieras como maneja una cajita de fósforos imitando los sonidos del telégrafo-

-Si la Pancha está de acuerdo yo me lo llevo. Pero eso sí, Francisco, tendríamos que irnos ahora mismo, estamos en periodo electoral y no puedo estar tanto tiempo fuera de la oficina, yo ya tengo compromisos en el Ocotal que no puedo postergar-

Mi padre con un suspiro de nostalgia, como el que nos pasa a todos cuando recordamos nuestra infancia, recordaba que en el año 1919 cuando solo tenía 10 años, se presentaron en la escuela primaria de Somoto donde cursaba su tercer grado, su Papá Don Francisco Tercero Escorcia en compañía de su tío Cipriano Ordóñez y preguntaron por él. Su papá con voz solemne, firme, pero triste le dijo:

-Clemente, esta misma tarde te vas con tu Tío Cipriano, para el Ocotal, allá podés aprender a trabajar en el telégrafo que tanto te gusta. Así vas a tener un mejor futuro, que el que podés tener aquí en Somoto-

Mi padre tragó gordo, no sabía lo que pasaba, pero lo intuía. La carga económica era cada vez más pesada para mi abuelo, que ya tenía casi 60 años y varios hijos que mantener, que le quedaron de su primer matrimonio cuando murió su primera esposa Carmen Salazar y siete hijos de su segundo matrimonio. Se había casado en segundas nupcias con mi abuela Francisca Ordoñez. Clemente de Jesús, nacido el 24 de diciembre de 1909 era el mayor de la segunda camada de muchachos.

Mi abuelo Francisco, agricultor de carácter recio y hombre muy respetado en la localidad por su sabiduría, había tenido que vender su propiedad de Café “Los Jilgueros” en las montañas de Somoto. Las sequías recurrentes en Somoto habían diezmado sus exiguas fuerzas y economías.

Clemente se cambió ropa en el dormitorio de la alta y vieja casona que su padre había construido con sus propias manos, con la ayuda de algunos amigos artesanos y trabajadores. Se puso una camisa blanca limpia y un pantalón de dril azul, con tirantes. Instintivamente recorrió con la mirada las paredes encaladas de la casona y detuvo su mirada en las estampas del corazón de Jesús y de la Virgen de Guadalupe, que colgaban en el biombo de madera y tela encalada que era la división del cuarto, miró su cama de tijera de lona y la de sus hermanos con las colchas medio enrolladas. Suspiró profundamente como con ansiedad, salió del cuarto del dormitorio y le dijo a su mamá.

-Ya estoy listo mamá-

Bajo la acera de un salto que era muy alta para su tamaño, y en un segundo estuvo en la calle frente a la casa, listo despedirse de su madre. La abuela Francisca le dio la bendición a su hijo mayor, le hizo la señal de la cruz en la frente, lo abrazó, lo encomendó a Dios y a la santísima Virgen de Guadalupe y después de despedirse de Clemente, lloró desconsoladamente sin que él la viera llorar, se secó las lágrimas con su delantal y sintió como un latigazo en su corazón.

 Su padre Francisco lo ayudo a montarse en la mula que ya había ensillado previamente y que esperaba pacientemente a la orilla de la acera. Una fila de zopilotes que como de costumbre tomaban el sol en la cumbrera de la casona como testigos silenciosos observaban la escena de aquella despedida sin inmutarse.

Clemente de Jesús, se marchó hacia su destino con los ojos anegados en lágrimas, pero sin mirar atrás, montado en aquella mula mansa, llevando como único equipaje un bolso viejo de lona verde olivo donde cabían todas sus pertenencias, una cantimplora de minero llena de agua del pozo, y una bolsa con varias tortillas con frijoles, queso seco y huevos cocidos. Ni siquiera pudo despedirse de todos sus hermanos.

De golpe había sido desprendido del calor amoroso de su querida madrecita y del fraternal compañerismo de la tropa de sus queridos hermanos Carlota, Julio, Alberto, Antonio, Napoleón, Víctor y el cumiche Félix Pedro. En aquellos tiempos de poco o ningún progreso, no existían carreteras, ni vehículos de transporte automotor, menos un sistema de transporte público. Se viajaba a lomo de mula y cuando una persona hacía un viaje fuera de su pueblo, era casi definitivo, para no volver en mucho tiempo. Estando tan cerca de Somoto solo a ocho leguas de Ocotal no tendría oportunidad de visitar a su familia.

Tenía especial admiración por su padre Francisco Tercero, hombre fuerte, ingenioso y con mucha presencia que infundía un gran respeto. No se le ocurrió ni por un momento cuestionar, ni oponerse a una decisión como la que había tomado su papá Chico. Hubo mucho silencio después de la despedida. Solo se oía el chaz, chaz, chaz de las herraduras de las bestias chocando con estrépito sobre las piedras de aquella calle polvorienta de Somoto que llamaban calle real y que después conduciría hacia la salida del pueblo por el camino viejo a Ocotal pasando por san Juan de Somoto y Totogalpa, hasta el majestuoso río Coco, en cuya orilla tomaban un bote que los trasladaba al otro lado del rio, y continuaban su camino hacia Ocotal.  Aún no existía la carretera panamericana norte que pasa por Yalagüina, Palacagüina. Esta solo existiría unos 45 años después.

El sol estaba muy fuerte y brillante y pegaba duro desde el noreste en el rostro de aquel muchacho que iba triste por dejar a su pueblo, a su familia y a sus amigos de la escuela. No sabía por qué, pero recordaba el momento en que se había encontrado en la calle con aquel grupo de tres muchachitas entre las que sobresalía espigada y graciosa la mayor de ellas, cuando iba con su papá Chico a visitar al Tío José María Tercero. Ernestina se llamaba y al ver a su tío Chico sonrientes lo saludaron con mucho afecto.

-Buenos días tío Chico- Dijeron en coro las niñas.

Intercambiaron miradas y por un segundo sus pupilas se detuvieron fijando ambos una imagen que perduraría por siempre. Él sabía quiénes eran esas niñas, aunque no se veían con frecuencia, ya que la mamá de las niñas Isabel Tercero Salazar era hija de José María hermano de su padre, por lo tanto, esas niñas eran sus sobrinas en segundo grado, aunque por su edad más bien parecían sus primas. La primera esposa de su padre, también era hermana de la esposa de su hermano José María, estaban todos emparentados, producto de esos líos familiares que solo se dan en los pueblos pequeños.

En la calle real, ya con rumbo a la salida del pueblo, se encontraron con algunas mujeres conocidas, vestidas con rebosos negros y faldas largas que le decían adiós al tío Cipriano y al niño que cabalgaban sobre sus monturas llenas de aperos. La travesía hacia el Ocotal, para mi padre en medio de su tristeza, fue toda una aventura que impresionaba sus sentidos infantiles y encendía su imaginación. Atravesó muchos arroyos de montaña de agua clara y fría, que corría entre las piedras produciendo un sonido muy grato a sus oídos. Pasó por extensas zonas sombreadas cubiertas por densos bosques de pinares verde esmeralda, por donde se colaban juguetones inmensos chorros de luz del atardecer.

El aire se llenaba con una rara y transparente fragancia de olores a pino y resinas, que le recordaban a su madre encendiendo el fuego con astillas de ocote, pero más le recordaba su primer viaje a Las Sabanas en la montaña de su Somoto querido cuando acompañó a su padre a los Jilgueros su finca de café. Los arroyos del camino y las tilancias o barbas de viejo, que colgaban de los árboles del bosque de pinares le recordaban la vieja montaña de Somoto en Las Sabanas, donde había ido varias veces acompañando a su papá a la finca de café.

El sonido de los chorros de agua cayendo entre las rocas y los manantiales cristalinos de agua fría, hizo que vinieran a su mente infantil muchos recuerdos y de pronto se vio a si mismo buscando caracoles entre las rocas verdosas de tantas lamas entre las que nadaban curiosos pececillos y guarasapos. En algunas pocetas verdes que se formaban en los riachuelos que bajaban de la montaña, habían unos curiosos peces con bigotes como de gato, a los que les llamaban “fílines”, que junto con los caracoles se usaban para hacer una sopa de extraño sabor.

No sabía por qué, pero le llegaban de pronto imágenes y recuerdos de su padre, mi abuelo. Recordó como con sus propias manos grandes y gruesas, a punta de cincel, el imponente abuelo Chico, había labrado una gran piedra de granito y la había convertido en una rueda de molino para moler el trigo con el que mi abuela Pancha hacía el pan. El abuelo Chico tenía fama de hombre sabio, fuerte físicamente y también de carácter. No sabía por qué recordaba que su padre después de ordeñar una vaca en el corral que tenían en el enorme patio de la casa, levantaba en vilo al ternerito recién nacido, al que siguió levantando diariamente durante muchos meses hasta que el ternero era ya un torete de muchos kilos de peso.

Cuando había conflictos entre las familias del pueblo, recurrían al abuelo Chico para que con su sabiduría ancestral diera sus consejos a las partes en discordia o interpusiera sus buenos oficios en toda clase de arreglos familiares. Incluso, cosas de la vida, le había “hecho el lado” y recomendado muy bien a su buen amigo, el comerciante Antolín Talavera para que cortejara a la que después sería mi abuela Isabel Tercero Salazar, hija de Victoria la Mama Toya, cuñada de mi abuelo Francisco por su primer matrimonio.

Le vino a la memoria una vez cuando se estaba ahogando con una pequeña semilla de jocote atragantada en su garganta y su padre después de intentar infructuosamente sacarle la semilla, tomo un molinillo y con la parte delgada del mango de madera, la empujó fuerte hacia dentro y logró se tragara la semilla, permitiéndole respirar. Quedó con un gran dolor en el pecho, pero estaba respirando.

También tenía presente cuando se cayó de un caballo al galope, que estaba sujetado a manera de riendas con tiras de cortezas de árbol que se rompieron al tratar de detenerlo. Se zafó el brazo en la caída y su padre después de la regañada respectiva, de un solo movimiento doloroso le encajó de nuevo el brazo en su lugar. Así era su padre, de decisiones rápidas y efectivas. Decía que a los problemas había que salirle al paso. Se quedó ensimismado en sus pensamientos y recuerdos sobre su infancia mientras con su mente nuevamente atravesaba aquellas tierras áridas, rojizas, cuarteadas por la sequía. Subió y bajó cerros con árboles cuajados de flores amarillas y moradas. Pasó por caminos entre pinares, hasta que por fin llegó al Ocotal que le pareció enorme. Allí viviría y crecería hasta convertirse en lo que era ahora: El telegrafista principal y jefe de telégrafos del Ocotal.

Por su memoria pasaron tantas cosas vividas en aquellos casi nueve años en una ciudad tan importante como era el Ocotal, sus inicios a los diez años como el mensajero de la oficina del telégrafo, que solía visitar todas las casas de la ciudad dejando sus telegramas, no había dirección, ni familia que no conociera, ya fueran ricos o pobres, artesanos, obreros o terratenientes, liberales o conservadores.

De manera especial recordaba a Don Emilio Gutiérrez a quien le llevaba y traía los telegramas que intercambiaba con su novia. También en sus recuerdos aparecieron su Tío Tomás Tercero y su esposa Magdalena en cuya casa se hospedó por un tiempo y en la que celebró su primera comunión.

Su vida no fue fácil sin padre ni madre a su lado que lo consintieran, creció muy autosuficiente y se acostumbró a la soledad y salir adelante por su propio esfuerzo. Estaba por su cuenta, solo amparado por los ejemplos y valores que le inculcaron sus padres, su abuela y sus tíos a fuerza de rosarios y consejos. Especialmente recordaba las enseñanzas del maestro Alejandro Roque. Dormía en un cuartucho del telégrafo, en las peores condiciones, sin embargo, se propuso aprovechar cuanta oportunidad le daba la vida para crecer y desarrollarse.  Buscó la orientación para su vida, en los libros y en el ejemplo de aquellas personas de buena voluntad que tuvo la fortuna de conocer y tratar.

Mientras crecía, había cultivado amistad con personalidades honorables del Ocotal, como Don Emilio Gutiérrez, Don Nacho Calderón y otros notables del pueblo que le tenían mucho aprecio. Cómo anhelaba estudiar cuando escuchaba por un rato las clases magistrales que impartían aquellos profesores a voz en cuello, que se oían hasta a una cuadra de la Escuela Superior de Varones, cuyo director era Don Milcíades Cifuentes -liberal- originario de Bogotá Colombia, quien se había casado con Doña Julia Aguilera del Ocotal. Muchos profesores chilenos, colombianos y ecuatorianos habían venido a Nicaragua a solicitud del General José Santos Zelaya como parte de la colaboración que existía entre gobiernos liberales y se habían radicado en Nicaragua. Don Milcíades Cifuentes tuvo que abandonar Ocotal ya que su hijo Ángel Cifuentes Aguilera, médico cirujano originario de León, Nicaragua educado en los principios liberales de su padre, tuvo que emigrar a México a principios de los años treinta, expulsado de Nicaragua. El motivo fue haber luchado en las filas de Augusto César Sandino, en contra de la invasión gringa a Nicaragua y después contra el dictador Anastasio Somoza. El Dr. Cifuentes adoptaría a México como su segunda patria y fundaría en ese país una prolífica familia de profesionales destacados.

Clemente soñaba también con ser un profesional. Ya que no podía matricularse en la escuela, por su trabajo como mensajero en el telégrafo ganando ocho dólares al mes, entonces haría del telégrafo su escuela, como lo afirmaría muchos años después cuando me relataba su vida en aquellas ocasiones en que sentía la nostalgia de sus años juveniles en al Ocotal de antaño. Unos tres años después de haber llegado al Ocotal, una noche cuando pasaba por la casa esquinera donde tenía su casa y tienda de comercio Don Gustavo Paguaga, uno de los prominentes personajes conservadores del Ocotal, se encontraban reunidos un grupo de muchachos y uno de ellos al advertir que se trataba de aquel muchacho venido de Somoto, empezó a burlarse de él, gritando.

-Somoteño, barriga grande culo pequeño-

Otro empujando al muchacho mayor del grupo contra Clemente, le increpó retándolo a pelear. Golpes, empujones y burlas era lo que le estaban propinando en una pelea desigual. El pequeño mensajero somoteño se defendía como podía, cuando de pronto apreció un chavalo bajo, chele, un poco mayor que mi padre, de unos quince años. El muchacho recién llegado de una vez con decisión y arrojo le entró a golpes y patadas a los montoneros del grupo que agredían a mi padre y gritando dijo:

-No sean cobardes no le echen la vaca al chigüín-

-Por qué no se ponen uno por uno con alguien de su tamaño..-

-Dejen al chigüín en paz-

A fuerza de golpes y gritos, el recién llegado salvó a mi padre de una paliza segura.  Era Miguel Ángel Ortez Guillén, que años después llegó a ser uno de los más jóvenes y aguerridos generales de Sandino en su lucha contra la ocupación americana. A pesar de que era dos años mayor, se hizo amigo de mi padre quien siempre recordaba que Miguel Ángel Ortez era muy valiente y muy bueno a las peleas.

Miguel Ángel siempre tuvo un gran sentido de la aventura y de la justicia, era un líder nato, venía de una de las familias de hacendados más acomodadas y distinguidas de Nueva Segovia, en Mozonte. Su familia era de origen francés, su padre José Salvador Ortez Marín, era un prominente político que había tenido un gran protagonismo en la formación del joven Estado Nacional al inicio de la república después de la independencia de España. Fue candidato a la Dirección del Estado, en tiempos de la lucha entre Timbucos y Calandracas, como se denominaba a los que posteriormente se llamaron Conservadores y Liberales, antes Legitimistas y Democráticos. Todos tenían su origen en las guerras entre los criollos por la hegemonía política, sobre los despojos del poder colonial después de la independencia de España.

Miguel Ángel era estudiante en Granada primero y después en León y al igual que su primo Rufo Marín, dejó los estudios para sumarse a la guerra revolucionaria, no obstante, los antecedentes políticos conservadores de su familia. Miguel Ángel, antes de sumarse a las fuerzas de Sandino, se inventó un personaje de Leyenda, al estilo de Robin Hood o los héroes de caballería, al que según él servía en su lucha: El General Ferrera, gran luchador por la justicia y la libertad, que resultó ser el mismo Miguel Ángel Ortéz.

Años después, mi tío abuelo materno, José María Tercero Salazar, único hermano de mi abuela Isabel Tercero Salazar, se casaría con Irenita Ortéz una prima de Miguel Ángel oriunda de San Fernando, un bello pueblo enclavado en las montañas de Nueva Segovia, a menos de diez km de Mozonte el pueblo natal de Miguel Ángel.

Mi padre entonces estaba aprendiendo el bello arte de transmitir y recibir mensajes por medio del alfabeto de rayas y puntos, inventado por el genio de Morse. Pronto obtendría su primer triunfo en la vida, al ser nombrado telegrafista auxiliar del Ocotal, con un salario mensual de veinte dólares lo que le permitía comprar su ropa y zapatos. Así se inició en esa vida tan maravillosa que era el telégrafo, que era la más noble profesión de las comunicaciones instantáneas que enlazaban a todos los pueblos. En cada pueblo había una oficina y el telegrafista estaba pendiente de cualquier llamada a cualquier hora del día o la noche. Era un trabajo de 24 horas, el telégrafo nunca paraba. Era un trabajo maravilloso pero extenuante. El telégrafo fue el primer medio de comunicación rápida que existió en Nicaragua. Por medio del telégrafo, los pueblos se podían comunicar con sus familiares, las empresas con sus clientes, asimismo se enviaba correspondencia oficial a las demás autoridades de los diferentes lugares. Al igual que el Twiter de ahora, en muy pocas palabras se enviaban y recibían mensajes de todo tipo, ya fueran buenas o malas noticias, de índole comercial, religioso, político, luctuoso o amoroso. Había telegramas tan cortos como de cinco palabras hasta de diez, veinte, cincuenta o hasta de doscientas palabras. Todos los pueblos estaban enlazados por un tendido de postes y cables que transmitían los mensajes en código Morse con aquellos sonidos cortos y largos o puntos y rayas, separados por espacios de silencio que al ser combinados entre sí pueden formar palabras, números y otros símbolos. Era típico oír en cada pueblo el clásico pii ri pi pi pii  pii del telégrafo formando letras, oraciones y mensajes. El jefe militar, el secretario municipal, el alcalde, el cura y el telegrafista eran las personalidades que no podían faltar en una comunidad.

Recordó lo que le había dicho el viejo telegrafista que lo entrenó como técnico especializado que podía manejar con maestría aquella pequeña máquina eléctrica que llamaban aparato telegráfico:

-Mire Clemente, el telégrafo desde el principio ha sido una profesión muy arriesgada cuando hay alzamientos, guerras y revoluciones-

-Al primero que buscan es al telegrafista para que no comunique lo que está pasando en la plaza si se la han tomado, o para que informe lo que el mando militar quiere-.

            -Mantenga siempre su pistola lista por cualquier cosa-

-Estese pendiente de todo movimiento sospechoso ya que se lo pueden volar si Ud. está agachado frente a la máquina, lo pueden decapitar los bandoleros o se lo llevan a las montañas para mantenerse informados por el telégrafo, de la situación de las tropas  que luchaban contra el movimiento guerrillero-

Sin embargo, a pesar de lo duro y arriesgado de la profesión, el telégrafo le había dado muchos momentos de alegría y felicidad. En 1925 cuando murió Don Belisario Mendoza, Telegrafista Principal, Clemente fue nombrado Telegrafista Principal y Administrador de Correos del Ocotal con tan solo 16 años. Con una mayor responsabilidad y un mayor salario se volvió un joven caballero reconocido en aquella ciudad. Se compró un buen caballo andador con su montura, en la que solía dar paseos en las tardes por la ciudad. Se hizo popular entre varias jovencitas de la ciudad que mostraban interés en aprender las artes telegráficas. En particular le gustaba mucho Joaquina Moncada una señorita morena que le hacía suspirar. Jamás imaginó que su habilidad con el telégrafo le iba a hacer a granjear simpatías entre las muchachas del pueblo. Después de todo no eran muchos los que sabían comunicarse con tan prodigioso como misterioso lenguaje de puntos y rayas. Así como mucho gusto le daba clase de telégrafo a las señoritas encopetadas de Ocotal, como la Chepita Lovo y la joven Alicia Talavera que era prima de la que después sería su esposa Ernestina.

De pronto vino a su mente, aquella dulce muchacha con la que pasaba horas conversando por telégrafo, sobre la vida y el universo, sobre la libertad y el progreso social. Mi padre entre telegramas y telegramas, con palabras cortas y abreviaturas, con puntos y rayas conversaba con esta inteligente damita de San Rafael del Norte, que tenía el telégrafo en su propia casa y que era la telegrafista de San Rafael. Blanca Aráuz se llamaba. Él la lisonjeaba y piropeaba en clave morse. Ella respondía con alegría sus elogios y requiebros románticos.

-Clemente, tengo puesto un vestido azul que me queda muy bonito, que sé que te gustaría-

Así transcurría el tiempo, y nuevamente intercambiaban y transmitían los urgentes telegramas que iban y venían desde y hacia Managua y a las ciudades de las Segovias.

Un buen día, a inicios de 1926 se aparecieron en la puerta del telégrafo dos muchachos jóvenes de buen aspecto y bien vestidos, preguntando por Clemente el telegrafista principal.

-Clemente aquí hay dos muchachos que preguntan por Ud.-Dijo el mensajero de turno.

Mi padre salió a recibirlos en la puerta y los hizo pasar.

-¿Qué desean muchachos, en qué les puedo servir? –

            Ud. es Clemente Tercero el telegrafista principal de aquí del Ocotal?

-Si, para servirles- contestó mi padre intrigado.

-Es que nosotros somos hermanos de la Blanquita Arauz, la telegrafista de San Rafael, que está muy entusiasmada con Ud. y no deja de hablar de Ud. y de sus pláticas por el telégrafo-

Se presentaron extendiendo la mano a mi padre.

-Luis Rubén Arauz, mucho gusto-

-Octavio Arauz, para servirle-Queríamos saber sus intenciones con la Blanquita- Dijo muy serio el que parecía el hermano mayor-

Mi padre sonrió y les dijo lo bella e inteligente que le parecía la Blanquita, que sus intenciones eran buenas y que él tiempo diría como serían las cosas entre ellos.

Tomaron el café con rosquillas que les sirvió el mensajero de la oficina y conversaron de todo un poco, hasta que se despidieron y le dijeron a mi padre que estaban muy satisfechos de haberlo conocido.

-Clemente queríamos conocerlo y nos ha parecido Ud. una buena persona. Le tenemos una sorpresa. Blanquita ha viajado con nosotros, y quiere verlo. Pero solo tenemos esta tarde, ya que nos vamos a Jinotega en la madrugada-

Mi padre contaba que esa fue una tarde maravillosa para él. Se desvivió en atenciones con la Blanquita bajo la estricta vigilancia de sus hermanos y pasaron una tarde llena de encanto e ilusión. Blanquita lució muy bella con su vestido azul mientras paseaba al lado de mi padre en el parque central del Ocotal.

Con el fallecimiento repentino de Don Belisario Mendoza había sido ascendido en 1925 al cargo de Telegrafista principal y Administrador de Correos de una plaza tan importante como el Ocotal. El Tío Cipriano hacía tiempo que se había marchado a Honduras y trabajaba en Yuscarán.

No volvió a ver a los hermanos de la Blanquita. Pasó el tiempo y fueron disminuyendo en frecuencia e intensidad las conversaciones telegráficas con Blanquita. El romance en clave morse había terminado.

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